De títulos, incertidumbre y tecnología

Publicado previamente en nuevosjuristas.com.

“El hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable persiste en intentar adaptar el mundo a él. Por consiguiente, todo progreso depende del hombre irrazonable”
George Bernard Shaw

Empezar y acabar. Dos palabras antónimas, en polos opuestos. Ahora bien, pensemos en esa carrera que has elegido, en esa apuesta que según lo que nos han enseñado determinará el resto de tu vida. Has elegido Derecho. Yo también lo hice. Me licencié en el año 2013 y como te habrá ocurrido a ti también, me di cuenta de que empezar y acabar la carrera, aprobar la primera y última asignatura, no me haría abogado, ni jurista.

La culpa de no saber

Poca gente negará el peso teórico de los estudios de Derecho. Dirás, “va de suyo, el Derecho es teoría”. ¿De verdad? La experiencia, aunque sea poca, le demuestra a uno la importancia de poner en práctica cualquier cosa, incluida el Derecho. Memorizar está muy bien, pero sin intentar, fallar y dudar, no se aprende realmente. Prueba de ello es lo poco que sabemos de cualquier materia al terminar la carrera. Desde luego, un sistema que califica en función de lo bien que repites un párrafo no es la solución al problema, aunque sea más fácil de corregir para el examinador. No obstante, no confundas el sistema educativo o la forma de examinar, con el Derecho. Nada tienen que ver, aunque el primero convierta los estudios en un camino tortuoso y sin más metas que pasar un verano tranquilo para coger septiembre con ganas renovadas.

Tengo el título, ¿ahora qué?

La siguiente transcripción de Lo que no le enseñarán en la Harvard Business School, de Mark H. McCormack, es el mejor resumen de mi percepción sobre los títulos universitarios:

“Cuando cursaba estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Yale me dijeron que, en lo tocante a formación empresarial, poseer un diploma jurídico tenía exactamente el mismo valor que un título de máster en Administración de Empresas. Años más tarde, después de haber impartido algunos cursillos en Harvard y en otras escuelas superiores de comercio me convencí  de la veracidad de este aserto, por más que, tanto en un caso como en otro, existen una serie de limitaciones muy concretas aplicadas a la vida práctica. Considero que un máster en Administración de Empresas (MBA) – o una licenciatura en Derecho (LL.B.)- son empeños que merecen la pena; pero desde el prisma educativo, es decir, como parte de un proceso de aprendizaje continuo, ambos títulos son, en el mejor de los casos, una base o unos cimientos, y en el peor, una forma de arrogancia de lo más ingenuo”.

En efecto, ser licenciado (o graduado) no te convierte en abogado, al igual que estudiar ADE no te hace empresario. El joven de 18 años que entra perdido en la Universidad (de Derecho o de cualquier otra materia) cuenta con la misma experiencia que el que sale, cuatro o cinco años después.

Si eres de los que no sabía qué hacer al acabar bachillerato y te matriculaste en Derecho, “porque sí”, hay que destacar, igualmente, que ser licenciado no te obliga a ser abogado. Si te gusta, se trata de una profesión apasionante en la que se aprende constantemente, pero cualquier abogado te dirá que requiere muchas horas. Si no te gusta, no tienes por qué serlo. No lo veas como un fracaso, no habrás perdido el tiempo, las posibilidades que te ofrece esta carrera son muchísimas (la vida diaria, pero sobre todo, los negocios, están repletos de aspectos jurídicos) y la riqueza cultural que aporta no tiene precio. McCormack es un claro ejemplo de ello, empezó trabajando como abogado y acabó montando una empresa de marketing y representación de deportistas (¿quién dijo Derecho?) que en 2003, año de su muerte, figuraba en el puesto 189 de la revista Forbes. No hay que irse tan lejos para encontrar estudiantes de Derecho que se dedicaron a otra cosa, España está repleta de ejemplos, desde Pablo Isla, consejero delegado de Inditex a Juan Luis Polo, fundador de Territorio Creativo.

El precipicio

¿No encuentras trabajo? No decaigas, pero sobre todo, no rechaces nada, aunque no empieces en la especialidad que te gustaría. En el mundo de los servicios profesionales, lo más probable es que tu primer empleo no sea el último, de modo que agarra esa oportunidad y no te lamentes, aprenderás mucho más que esperando, ni la espera, ni la Universidad te enseñarán a descolgar un teléfono ni a dar la cara ante un cliente.

Mientras la oportunidad llega, tienes mucho que hacer, muéstrate, es más fácil que nunca, probablemente formes parte de la llamada Generación Y o Millennials, y eso significa que pasas gran parte de tu tiempo en Internet y que entiendes su potencial. ¿Imaginas cómo eran las búsquedas de empleo 20 años atrás? Yo no… mejor aún, ¿cuántas posibilidades había de que cientos, miles de personas, tuvieran acceso a un artículo tuyo? Si es que te lo publicaban, claro. La respuesta a ambas cuestiones es radicalmente distinta en función del momento en que queramos responderla.

Hoy, año 2015, las ofertas de empleo inundan la red y tú tienes que preocuparte de estar presente en ella. Si no apuestas por ti mismo, ¿por qué lo va a hacer quien te tiene que pagar? Completa tantos perfiles profesionales como puedas. Linkedin, InfoempleoJob and Talent o Tyba son solo algunos ejemplos. Ah, y no te vuelvas loco cuando te pidan una carta de motivación, párate y reflexiona sobre ti mismo y lo que puedes ofrecer más allá del tedioso título, es un gran ejercicio. Sin duda, comenzar a buscar empleo cuando se atisba el final de la carrera es un proceso a la par agobiante y lento. Porque es agobiante, deja reposar los papeles, las ofertas no van a salir corriendo, aunque tengas esa sensación, es mejor presentar una carta de presentación coherente el última día que una chapuza el día uno. Paso a responder la segunda pregunta del anterior párrafo, las publicaciones. Según la revista Forbes, a más de la mitad de los empleadores les impresiona que un candidato tenga un blog, pero son muy pocos los que lo tienen. Si te va esto del Derecho, una gran forma de destacar y conectar con profesionales es estar al tanto de las novedades legislativas y sentencias relevantes. Pero lo mejor, es un ejercicio de actualización constante y una demonstración de iniciativa, voluntad y trabajo. Pierde la vergüenza y empieza el tuyo o colabora con otros ya existentes como Qué Aprendemos Hoy, Derecho y Perspectiva o Global Legal Challenges, las posibilidades son infinitas. Este listado de blogs jurídicos cortesía de contencioso.es, te puede inspirar con lo que otros ya están haciendo.

Escribir sobre Derecho no tiene como único fin destacar entre la masa de zombis con el título de Derecho entre los dientes. Abandona la idea de que ser licenciado te convierte en algo y te da Derecho a un trabajo bien remunerado. Como profesional es tu obligación estar al tanto de cómo cambian las herramientas que manejas diariamente. Olvídate del Derecho desde ya si eres de los que piensa así: “¿con lo (poco) que me pagan y encima me voy a dedicar a estudiar las reformas por mi cuenta?”.

¿La oportunidad no llega? ¿Qué hay de los idiomas? Si no te fuiste de Erasmus, no te quedes en casa, por suerte o por desgracia, todos conocemos a algún amigo o familiar que se ha marchado a países vecinos a probar suerte o simplemente, mejorar el idioma, aprovéchalo. ¿Y si hago un máster? Bienvenido sea, pero los cursos o máster tras la carrera deberían ser un complemento y no tu principal actividad. La formación continua en esta profesión es fundamental, pero la mejor formación es la experiencia. Señalar, como ya han comentado Luis Cazorla o Joaquín Muñoz en “Anatomía del Nuevo Jurista”, la importancia de entrenarse “empresarialmente”. Para ello no es necesario hacer un desproporcionadamente caro MBA. La formación empresarial de calidad está disponible gracias al omnipresente Internet a golpe de click y de forma gratuita (o casi) en plataformas como Coursera, edX o inclusoHarvard, con casos prácticos por menos de 10 dólares.

Branding sí, pero no

Si soy muy bueno, ¿vendrán? Cualquier profesional te dirá que los clientes no vienen solos. Una vez más, Internet es el protagonista y el responsable de haber revolucionado la forma de llegar y captar clientes. Tener presencia en la red, cuidando la reputación, se ha convertido en un must para los abogados del presente y del futuro. Eso sí, no hay que perder de vista el objetivo, conseguir clientes para prestarles un buen asesoramiento jurídico, de nada sirve trabajar la marca personal y el ego si no se tiene ni idea de Derecho. Y hablando de Internet…

Pasemos a ese futuro tan presente

Extracto de la película Elysium. Conversación entre Max Da Costa (Matt Damon) y un funcionario judicial robot:

>“Max Da Costa: Antes de comenzar sólo quiero explicar…

Max Da Costa. Violó el código Penal 2-2-1-9 en la parada 34B.

> Sí. De eso quería hablar. Hubo un malentendido.

Libertad condicional adicional: 8 meses.

> Espere, ¿qué? No. Le puedo explicar lo que pasó. Hice una broma y…

Silencio. Los policías notaron conducta violenta y antisocial. Debemos extender su libertad condicional. Elevación de pulso detectada. ¿Quiere una pastilla?

> No. Gracias. Quisiera explicar…

Silencio. Matriz indica 78,3% de probabilidad de volver a conducta anterior. Robo de coches. Asalto a mano armada, resistir arresto. ¿Quiere hablar con un humano?”.

Estaremos de acuerdo en que el sector legal es reacio al cambio, pero el mundo está evolucionando más rápido que nunca y con él, la forma de hacer negocios. Por tanto, por mucho que queramos evitarlo, o cambiamos, o nos cambian. Pero un momento, ¿significa esto que la tecnología acabará sustituyéndonos?

Quién no se atreve a decir, “en el futuro…”. Habrá gente que diga que en el futuro no habrá abogados o jueces. El robot judicial de antes y su forma de calcular las probabilidades de que Max Da Costa vuelva a cometer un delito (hola, “Big Data”), no están ni mucho menos lejos de ser posible. Recientemente, en el Legal Hackaton de Barcelona (aprovecho para agradecer la invitación a Unai Camargo, socio de Tucho Consulting) se ha hablado mucho del tema. Desde luego, no sé qué ocurrirá en 100 años, pero en los próximos 10, 15 o 20 años, los prestadores de servicios jurídicos (personas físicas) seremos menos, por una razón muy sencilla, los demanda caerá, la razón es sumamente positiva, la sociedad estará más preparada y el acceso a la información y al conocimiento jurídico será mucho más sencillo. Este descenso de la demanda estará indisolublemente unido a la tecnología y la escalabilidad que esta aporta, por lo que será posible encontrar servicios a un tercio de lo que cuestan hoy día. Los despachos “físicos” sobrevivirán, por supuesto. Las personas encuentran en los abogados un confesor o psicólogo, por lo que en determinados casos, como en el de un convenio regulador tras un divorcio en el que existen hijos comunes, el contacto personal seguirá siendo necesario. Los grandes (y buenos) del sector se mantendrán, quizá no todos y quizá algunos adquirieran startups legales que optimicen sus procesos, pero su ventaja competitiva es y será su clientela. El cliente de perfil medio-bajo no acudirá a su abogado con la recurrencia con la que acude en nuestro tiempo, simplemente le sustituirá por software, pero el cliente con un patrimonio o un presupuesto importante, es un cliente estable que quiere asegurarse, con independencia del coste, de que las cosas se hagan y de mitigar al máximo los riesgos y esto solo se consigue con el equipo que más recursos tiene. ¿Qué opinas tú? ¿Nos desplazará la tecnología? ¿Seremos menos abogados? O simplemente, ¿la tecnología será la mayor arma de diferenciación en el sector?

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About Francisco José Hidalgo-Barquero

Asesor de Fusiones y Adquisiciones. Consultor de Negocio.
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